Amalia Fernández y Juan Domínguez / Entre tú y yo

Intro completamente prescindible:

¿Saben aquel que dice que entran Rosencrantz y Guildenstern a una taberna inglesa, y creyéndose ya a salvo en el exilio, brindan con un par de jarras por su suerte y su salud, para de paso pasar desapercibidos en el paisaje de la multitud que vomita? Y en esto que se les acerca uno a la barra, moreno y bien parecido, y con un acento del sur, algo más que alegre, les chapurrea:

– Yo a ustedes dos los conozco.

Y a la pareja se les atraganta la cerveza, imagínate. Pues hay que tener mala pata para, con la cantidad de nidos de rata que se abren en la noche londinense, haber ido a meterse justo en esa, el último condenado agujero de los suburbios en el que justo alguien los va a reconocer, vamos, es que es para enmarcarlo, ni adrede. Así que los dos se recomponen, tratando que no se les note, cruzándose miradas de a ver quién contesta antes, pensando, qué digo ahora, pensando, a ver qué vas a decir. Pero todo esto rapidísimo, pensando, este puede ser el fin, pensando, pero mientras pensamos no estamos diciendo nada, pensando, di algo, no, di algo tú, todo precipitado a tal velocidad que deja oir el eco del pensamiento del otro, y pensando, tal vez mi compañero tenga un plan, mejor no adelantarme, y a la vez cruzando miradas en un triángulo con el moreno, que les reparte la suya mientras piensan, no puede ser así, en un tugurio de mala muerte, nunca mejor dicho, le repiensa el otro con el sudor de la frente, todo tan rápido que a cámara lenta, a toda hostia, como si se derramara una etrnidad en cada segundo, y con el tiempo a punto de desbordarse, rapidísimo, congelados alerta, tratando de adivinar si bajo el sayo habrá una daga, calculando la distancia de la mano a la propia arma, pensando que arm suena como arma, pero significa brazo en inglés, pensando qué demonios hago pensando esto ahora, pensando, en todo caso, somos dos contra uno, pensando, con lo que hemos pasado para llegar hasta aquí de incógnito, pensando pero quién será el italiano este de mierda, un asesino a sueldo, o qué, pensando, deben haber pasado unos dos segundos desde que preguntó, será mejor desenvainar o contestar, o algo, esto va a empezar a resultar artificial, y eso nos delataría. Así que:

– Creo que no tengo el gusto… Es Guildenstern, quien además le adelanta la mano desarmada, camuflando el temblor con el saludo, los límites rotos, otros estriándose, resistiendo apenas, presentando un par de nombres falsos en el tercer segundo al también extranjero. Y al final… Nada. Que todo era por curiosidad. Y claro, con el corazón aún agitado, Rosencrantz apura su jarra, ordena otras tres, y aprovecha el convite para hablar de un alto en el camino en un viaje a Escocia, por la herencia de un anciano tío de ambos, recientemente fallecido, que en la Gloria esté. Claro, todo es un ganar tiempo de escudriñar al convidado con la sospecha, pasado el susto. Y beben, y hasta ríen. Y todo se relaja extrañamente. Hasta que el moreno les repite lo que suena como grabado en mármol:

– Pero yo creo que a ustedes dos los conozco.

Redoble nudo de garganta. Y el tipo que dice que no quiere faltar, pero que pondría la mano en el fuego. Solo que no consigue saber dónde ni con quién, cómo podrá ser. Y la pareja analizando al personaje, tan enajenado del mundo como su espacio, recordándole que no son habituales, que tal vez se confunde, porque simplemente están de paso. Pero insiste y añade que él también está de paso. Que solo está de paso. Siempre. Y llega hasta jurarles haberles visto antes, solo que cuándo y dónde. Y es entonces cuando a Rosencrantz se le ocurre decir que es poco probable, nunca han visitado Italia. Y es ahí que algo vibra, como a punto de querer ser descubierto. Se abre un brillo paralelo que refleja a ambos daneses sobre el negro de los ojos del moreno, que les dice que qué va, qué va a ser él italiano. Aunque no es la primera vez que se lo dicen. Que él es español, de Andalucía. Y la pareja se mira estupefacta. Ni idea de España, mientras, los hombros suben, la mirada devuelta, bajan. Y uno de los dos le pregunta por su nombre. Y va el moreno, y les suelta:

– Me llamo Pepe. Me dicen Pepe “El Romano”.

Entre tú y yo

El pasado viernes 28 de febrero, tras varias semanas de residencia en Tenerife.LAV atravesadas por los Carnavales y el amago de apocalipsis calimero, Juan Domínguez y Amalia Fernández abrían al público una parte de su proceso de investigación Entre tú y yo en el Teatro La Granja, un espacio que nos ilusiona por posibilidades de colaboración como ésta, y por todo lo bueno que está por hacer pasar. Una ocasión doblemente especial. 9 años han pasado desde que la pareja de artistas presentaran Shichimi Togarashi, pieza de la que insertaran un sampler al conjunto de lo que vimos en el escenario de La Granja.

A la hora de anunciar esta apertura, llamaba la atención la frase: “Una práctica inusual, por el hecho de que el objetivo ha sido evitar a toda costa el objetivo”. Sobre todo al recordar cuántas veces en la vida hemos puesto empeño en tantas cosas, para acabar viendo cómo el objetivo al que dirigíamos nuestro esfuerzo sale volando en una dirección contraria. Tanto, que muchas veces resulta mejor colocar otro objetivo al que dirigirnos, dejando el camino lleno de objetivos residuales, no realizados, pobrecitos.

En este sentido, contar aquí la pieza (asumiendo que eso significa enumerar como en una lista las acciones realizadas por Amalia y Juan) carece de sentido. Porque hay un trabajo anterior al conjunto de lo que vivimos que tal vez sea más el trabajo que el otro trabajo visible en escena. Como un andamio o una estructura de pilares que diera soporte a esas acciones no enumeradas, y que está en todo momento presente.

Casi un manifiesto, pero ni eso

Crear algo entre los dos encontrándose de manera intermitente. Y en esos encuentros procurar evitar el objetivo cuando éste aparezca. Hacerle una finta, que pase de largo, y seguir. Pero, ¿qué objetivo, cómo evitarlo y para qué?

Pues resulta que esos objetivos son distintas apariencias de un mismo objetivo general, y aparecen vestidos de enunciados del tipo: “Crear una pieza”, por ejemplo. Evitarlos, no porque haya nada malo en hacer una pieza, sino porque la supuesta inocencia y claridad de estos enunciados pueden traer oculto consigo el coronavirus de las lógicas de producción, dispuesto a saltar a la mínima ocasión, del ámbito del trabajo a la propia vida, colonizando en seguida los modos de pensar, la concepción del propio tiempo, y afectando los cuerpos, sea en modo de ansiedad o en una predisposición a una actividad orientada a eso, a producir. Así que el reto va por ahí. Estar juntos sin producir. Sin estar dedicados a la composición de un trabajo artístico. Y no dar por hecho “una pieza”, liberando otro espacio en el futuro para lo que pueda ser, de modo que al finalizar el proceso de encuentro pueda ocurrir que se tengan una serie de notas que tal vez compartir como libro, por ejemplo. Algo que sería más difícil que ocurriera bajo la tiranía autoimpuesta de predeterminar que lo que se va a hacer es una pieza. Porque incluso, si para lo que se está es para estar juntos, la tarea “hacer una pieza” imposibilita lo que “estar juntos” supone. Y al vaciar eso… ¡Oh! Un tiempo nuevo que habitar, en principio sin saber de qué y para qué. Pero esa es la cosa. Y sobre todo, hacerlo sin infectarse de los modos de pensar y las afecciones del cuerpo que dijimos.

Y a falta de recetas, tomar el antibiótico de una rutina compartida. Comer todos los días arroz rojo con aguacate y gomasio. Algo que además libera el espacio de pensar qué se comerá mañana. Hacer yoga. Pasear. Pasear contando/escuchando las intimidades del otro. Mirar el paisaje. El horizonte. Leer. Escribir. Meditar. Estar. Juntos. Y en ese otro tiempo generado, atender a eso. A cómo es ese tiempo compartido. Un tiempo lleno de monstruos. Un tiempo batido. Un tiempo (a)batido.

Ok. Todo bien.
Pero si uno, o mejor dicho, si dos se dedican a dedicarse ese tiempo para sí, para la pareja y para lo que no es ni tú ni yo, sino ese tres que todo dúo genera, que no es ninguno de los individuos (qué graciosa, la palabra individuo) pero que sin cada uno no existe… ¿Qué mostrar en escena (si el proceso es esa rutina, ese evitar una construcción) que tenga relación con el trabajo de comprometerse con ese otro tiempo compartido?

Como dijimos, todo esto quedó meridianamente claro, o bueno, fue muy bien trasmitido en un primer momento por una lectura a dos en la que Amalia y Juan trataban la propia dinámica de su proceso y sus por qués. Una lectura que no fue lo primero que ocurrió en escena, pero sí las primeras palabras que escuchamos. Y en la propia lectura se va filtrando el estado de ese algo común que la propia lectura trata, y comienza a darse un extrañamiento, hasta el punto en el que, atendiéndoles, vamos dándonos cuenta que la acción de leer es un velo tras el que ocurren otras cosas. Un velo que se va difuminando poco a poco. Y cuando acertamos a preguntarnos qué ocurre, pasa que el velo ya ha desaparecido, y no sabemos cuánto tiempo llevamos participando de esa otra cosa, antes completamente invisible, ahora en primer plano, en la que, de algún modo, hemos entrado tarde. O bien, hemos entrado cuando había que entrar, al verla del todo, pero permanecemos en ella con la lógica de lo anterior, lo ya desvanecido. Una lógica que funcionaba para aquello, pero no para ésto que se nos muestra ahora.

Pero hay más. Y es que cuando entramos en la nueva propuesta, aceptando el código de un juego teatral a través del que algunos objetos son otra cosa (y un cubo es una oveja, una botella de agua, un bebé, unas sillas, un arbusto), nuestra atención trabaja para ello, deshaciéndose de la lógica anterior, que ya no sirve, ignorando que este juego teatral que parece instaurado es también otro velo. Que mientras ese juego se realiza hay un extrañamiento, y mientras ocurre, hay otro algo que está ya ocurriendo tras él. E igualmente, ese nuevo velo va trasparentándose, hasta desaparecer del todo sin que sepamos cuándo, dejando a la vista un nuevo ámbito de acción en el que, nuevamente, hemos entrado con la lógica obsoleta del anterior.

Esta sucesión de capas dobles funcionando simultáneamente, con el degradado progresivo de la capa delantera, puede entenderse como un análisis frío de lo que disfrutamos en La Granja. Pero no, todo lo contrario. Ese funcionamiento (que no era regular, sino que a veces se rompía, cayendo en un gran silencio, o dejándonos a solas para gestionar nuestra mirada sobre el movimiento de un objeto solo en escena) unido a aquella lectura del inicio, en la que, como público, comprendimos el proceso de la pareja de artistas tan bien, hasta el punto de identificarnos con ella, produjo que nuestro estado como observantes de la cosa se alterara. Que de algún modo entendiéramos muy bien de qué se trata el proceso de Amalia y Juan: lo aprehendiéramos, de modo que nuestra recepción de la progresión del trabajo presentado en escena se hizo desde un lugar de pertenencia y relajación, aceptando cada ruptura de nuestra lógica como parte del proceso, pero de un proceso hacia el que habíamos desarrollado un sentimiento de pertenencia.

Sonará grandilocuente (cuando lo voy a decir de la manera más prosaica del mundo) pero es que cuando se dan este tipo de situaciones, y desde ambos lados estamos gestionando una responsabilidad lúdica, pero responsabilidad de tantas cosas compartidas, se encuentran las ganas y el sentido de decir que el arte sigue siendo necesario. Y tanto. Y añadir también, a colación de aquello que decíamos antes sobre sentirnos parte de un proceso al que éramos personas ajenas al entrar en la sala, que entender las cosas es algo que se puede hacer con la razón. Pero también con la razón. Que entender las cosas es una experiencia sensorial, física y emocional. Y que el entendimiento no funciona de manera binaria, entendido / no-entendido. Pero que sea como sea, sí que ocurre algo notable cuando, lo hagamos como lo hagamos, ese entendimiento se produce de manera colectiva y compartida. Esa en la que se nota que los artistas, como no puede ser de otra manera, están también aprendiendo.

Seguiremos la pista de Juan Domínguez y Amalia Fernández, para saber en qué cosas se va conviertiendo Entre tú y yo a lo largo del tiempo.

Gracias por tanta generosidad.

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