Daniel Abreu / Más o menos inquietos

Muchas cosas no funcionan como deberían. Por eso esta nota sale hoy, después de que el pasado jueves 30 de julio recuperáramos una nueva cita con Danza en breve, el programa de danza contemporánea en pequeño formato que el Teatro Leal de La Laguna utiliza de puente para hacer posible que una vez al mes, distintas propuestas de artes del movimiento y el público se acerquen mutuamente, pese a la distancia social. Y aquí hay algo que hace pensar que “recuperáramos” se ajusta más a lo que nos ocurre que decir simplemente “viviéramos” o “disfrutáramos”. Porque un algo silencioso nos mete una nota a escondidas en el bolsillo, debajo de todo lo que nos pasa, en la que dice que incluso en estas nuevas primeras veces, cada cosa que ocurre es algo que se recupera. Más o menos inquietos. Así estamos.

Daniel Abreu + Carmen Fumero
Nathalie Debroise.

No en el aire, porque hemos tenido un exceso de tierra. Tal vez algo perdidos, o desorientados, como cuando vamos a salir de casa y no sabemos dónde están las llaves. O mejor dicho, como cuando buscamos algo y se nos olvida qué estábamos buscando. Así, un poco como si la gravedad se hubiera vuelto intermitente, y no supiéramos más distinguir el peso cierto de las cosas, de las que formamos parte aún ignorando las órbitas. Claro que no hay que fomentar este estado, pero negarlo tal vez lo agudice, y resulta que justo cuando se nos olvida qué estábamos buscando, solemos encontrar cosas que no esperábamos.


Así estuvimos en la Sala de Cámara del Teatro Leal, con esta pareja de artistas cuyo primer paso en el interior de la sala fue el claro primer paso dentro de este pequeño gran regalo titulado Más o menos inquietos. Una pieza sin umbrales (por eso del primer paso), al menos aparentemente, de una engañosa sencillez, donde también parece que lo que hay es lo que es. Una obra a la que accedimos como un sueño. Pero un momento, un momento. Que esto no pretende ser una metáfora, ni nada poético. Veamos…

Arquitectura / Equilibrios / Lentejas / Zen / Capas

Más o menos inquietos es una pieza corta, creada por Daniel Abreu para el contexto del encuentro de danza Cuadernos Escénicos de Garachico. Un trabajo de factura limpia, cuyo formato deja leer que ha sido concebido para adaptarse luego a todo tipo de espacios. Espacios eventuales, esto es, no solo ajenos a la convención espacial escénica, sino efímeros, propios de cada momento allá donde sea colocado.

Una pieza que, dada su accesibilidad, (y ya pasado el tiempo) podemos recordar de muchas formas. Una de ellas aparece como la planta de un edificio. Esto puede parecer frío en un principio, pero es todo lo contrario.

Planificación

Si prestamos atención, el dibujo en planta de una arquitectura nos da mucha información. Y si nos descuidamos puede llevarnos de la mano a imaginar sus espacios. Una vez ahí, comenzamos a comprenderla, porque en nuestra forma de imaginar un espacio hacemos que le transcurra el tiempo, que observemos sus proporciones a partir de la nuestra, proyectada en su interior, que ocupemos el aire que contienen sus volúmenes.

Casa de Muuratsalo, de Alvar Aalto

Pues bien, todo lo dicho sobre lo que puede hacer mirar la planta de un edificio en realidad hacía referencia a lo que nos ocurrió con Daniel Abreu en el teatro. Pero sigamos. Entremos ahora por otra de las puertas que nos lleva al recuerdo de esta pieza.

Decir, “a esta obra se accede como a un sueño” y quedarse tan a gusto, eclipsaría lo que compartimos en el teatro tras un aire de poesía más bien fofa. Lo podemos decir sabiendo que no nos referimos a algo onírico (aunque lo que vimos tiene una pizca de eso), sino mucho más prosaico: El modo en que nos atrapa una siesta después de comer.

En el estado vulnerable en el que estamos, más expuestos de lo normal, la combinación de presencias de Carmen y Daniel fue una mano extendida desde el primer segundo, invitándonos a recorrer las estancias de ese plano imaginado.

Así, como al caer dormidas sin querer, se entra en esta pieza, sin umbrales ni antesalas.

Daniel Abreu + Carmen Fumero
Nathalie Debroise.

Hay obras más complejas, más inaccesibles, por trabajosas. Pero el edificio que se levanta a partir de las líneas por las que Daniel y Carmen nos guían está cerrado por vidrio, es transparente y luminoso, sin que eso afecte a su solidez.

Una arquitectura orgánica y sinuosa, que consigue un efecto hipnótico, al haber desplegado un primer ejercicio de equilibrio y fragilidad, por cuyas curvas resbalamos para seguir a unos cuerpos que, encontrándose en sincronías coreográficas pasajeras, se separan (pero nunca se pierden) hablando el idioma compartido de esa misma vulneravilidad y disposición con la que miramos. El del cuidado al otro.

Una miniatura labrada con esmero y detalle, pequeña, pero con una capacidad para atraer la mirada que no hay en otros lugares más monumentales, más espectaculares. Un trabajo luminoso hasta apagarse suavemente.

Y ahí (sospecho que no del todo intencionalmente) ocurrió también algo. En su ocaso, en los últimos rayos de luz antes de acabarse, los dos cuerpos contra la pared, cada uno habitando sus propios huecos para luego entrelazarse en los del otro.

Y la sensación cinematográfica de un cambio de plano, mientras la luz se extinguía. Como si lo de la pared fuera una más de las secuencias de suelo, vista ahora desde arriba, y con ella, unos segundos de sombra que se cuelan por las rendijas de la pieza, una corriente fría capaz de estremecernos.

Daniel Abreu + Carmen Fumero
Nathalie Debroise.

Y es que aunque esta composición tan entrenada esté acostumbrada a los imprevistos, son imprevistos de calle. Y éste, tan pequeño y hermoso, fue un imprevisto de salón que no vino sino a añadir más colores al conjunto, lleno de una armonía pausada, aún en los desencuentros, de cadencias de unísonos e interrupciones, de pequeños solos e imitaciones.

Portándose y soportándose, Carmen y Daniel hacen que el tiempo se disuelva un poco más de lo normal. Así se estira, pasando varios minutos en cada minuto, dejándonos libres para la contemplación.

Ahí ambos cuerpos juntan la intención de extender una serie de paisajes, como esbozados muy suavemente sobre el papel en blanco del espacio(*), dándonos tiempo a imaginar sobre él, sin imponer un sentido a lo que ocurre.

Por ello a veces puede intuirse una historia narrativa. Pero claro, el argumento nunca está en la pieza más que en cada sensibilidad que observa. En la pieza, solo las herramientas con las que construirlo, si se quiere. Por eso las miradas que se cruzan con Daniel y Carmen son intensas, y pueden ser llenadas de significado.

Y si quien mira no juega el juego de lo narrativo, la verdad de cada momento es suficientemente intensa. No en vano, al mirarnos (quienes bailaban y quienes mirábamos) sentimos que a través de la línea de las miradas alargábamos las manos para tocarnos.

Tan cerca, tan lejos, dos cuerpos moviéndose en medio de un público enmascarado en el teatro. Vaya tela.

Relieve en madera, Alvar Aalto

Apuntes finales (pero no menos importantes):

Créditos

Estas fotos tan bonitas de Daniel Abreu y Carmen Fumero son obra y cortesía de Nathalie Debroise.

El plano corresponde a la casa de Muuratsalo, de Alvar Aalto. Suyo también es el relieve en madera que aparece sobre estos apuntes.

Conversando

Tras la pieza, se dio el ya tradicional encuentro entre artistas y público. No sería reseñable si no hubiera sido tan intenso. De algún modo, fue parte de la pieza. El público que conformamos estuvo tan receptivo como entregado y dispuesto al diálogo. Un encuentro muy enriquecedor, que no solo duró tanto como la propia pieza, sino que ha sido excepcionalmente el más largo de Danza en breve, aún siendo la pieza más corta. Paradojas.

(*) El asterisco no es gratuito

Tiene una razón: ya hemos dicho que la pieza fue ideada para espacios abiertos no convencionales, en la calle, con tránsito de público. Esto produjo un efecto de extrañeza bastante único. Otra pequeña paradoja. Es bastante probable que el espacio del Teatro Leal, al tratarse al fin y al cabo de una sala más o menos convencional, haya resultado el espacio más atípico, menos natural para compartir el trabajo.

De este modo, fue recurrente, casi inevitable, que en vez de evocar espacios imaginarios para lo que ocurría ante nuestros ojos, lo que imagináramos fueran exteriores reales donde la pieza podría estar ocurriendo, proyectados sobre el lugar en el que estábamos, a cada segundo más irreal.

Sobre esta nota

Está teñida por la fuerte sensación generalizada de lo necesario que se vuelven encuentros como éste en torno a las artes en vivo, por las fuertes emociones compartidas que suscitan y el valor que le estamos dando al vivirlo.

Pregunta: ¿Puede ser que le estemos dando más valor que antes? Quiero decir… ¿Es que antes no le dábamos tanto valor? Sea como sea, se lo damos ahora. Sigamos con eso.

Aforos

Al celebrarse en la Sala de Cámara y con aforo limitado, mucha, pero mucha gente se quedó fuera. Desde aquí, a quienes no estuvieron solo puedo decirles que lo siento y darles como consolación precaria estas palabras, además de recomendarles ver este trabajo cuando sea posible. Y en general, tengan previsto comprar la entrada con antelación para las próximas citas.

Aalto

La tarde de ese jueves la tuve libre, y en lugar de siesta, encontré por casualidad una conferencia de Luis Fernández-Galiano sobre Alvar Aalto, el arquitecto finlandés del clasicismo nórdico, de la organicidad y la materia. Cosas mías, no me lo tengan en cuenta. Aún así, vaya coincidencia. Por si a alguien le interesara:

Las lentejas

Que aparezca Lentejas como una de las palabras del pequeño subtítulo no es ninguna tontería. En el encuentro final entre tantas cosas, hablamos de lentejas. Porque al igual que la danza o la arquitectura, las lentejas tienen que estar más o menos compuestas.

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