Daniel Morales / El vuelo

Marzo

Es como una entelequia. Tratar de recordar las primeras semanas de ese mes, casi un reto. Tan cerca que inalcanzables. Hablamos de ellas como del modo en que quedábamos cuando no teníamos móviles, como algo que sabemos que vivimos, pero de lo que no guardamos sensación. Y es que la última nota publicada en Unknown Pleasures sobre ‘Danza en breve’, el programa de danza contemporánea en pequeño formato que ofrece el Teatro Leal de La Laguna, hablaba de Paloma Hurtado y Samuel Aguilar, y data de ese momento A.C. (Antes del Covid).

Pero hemos cambiado, como todo, y pensadas ahora, las preguntas que nos hacíamos entonces resultan un tanto impertinentes. De nuestras actitudes a la hora de ver, hacer, reflexionar y conversar la danza parece que poco podemos reaprovechar, y si en algún momento dimos con alguna clave atemporal, tal vez sus restos puedan seguir formando parte en lo que ahora, en un ambiente tan enrarecido, hacemos, decimos, movemos, pensamos.

Distancias

Encontrar a Daniel Morales en un teatro parcelado. Controlado, de aforo. Reducido y distanciado con mascarillas y geles en las manos. Los ojos del público encontrándose en una red de miradas sedientas y desconcertadas.

La mascarada de ir al teatro llevada a cabo de manera explícita, con el juego asumido, a pesar de que si una parte del público usó transporte igualmente público para acudir al reinicio de este ciclo de danza, en guaguas y tranvías, pese a ser también públicos ahí, las distancias no eran las mismas.

¿Y qué es lo que hace más vulnerable o peligroso al público reunido en un transporte o en un teatro? ¿Será que espacio y rito teatrales son por definición foco de contagio? No del dichoso virus, sino de otras afecciones.

¿Tal vez algo que solo pasa en esta liturgia pagana, donde las personas nos disponemos a entrar juntas a un lugar-estado (una polis provisional) de contemplación en la que desnudarnos un poco de tanta individualidad? No lo podremos saber.

Sin embargo, el apetito, las ganas de lo que se iba configurando como público, pese a que no tenemos una unidad de medida, era creciente. Y sin conclusiones, esa avidez y ese estímulo colectivo recordaba a las de los públicos que configurábamos hace mucho, antes de tener móviles e internet, con un deseo compartido casi olvidado, unas ganas sobre las que soñar que se mantengan en adelante.

Apariciones

Derek Pedrós

Daniel Morales apareció en escena como una gran primera vez. La primera tras este parón tan complicado. Primera para él como performer y para nuestra mirada pública. Pero también una primera vez que, sensibilizados como estábamos, nos remitía a todas las primeras veces.

Sin embargo, lo que sucedía en escena rápidamente nos sacó de esta intelectualización tonta que acabo de expresar. Claro, al ir a verle salen a jugar sin permiso nuestras amigas las expectativas. Todo lo que creemos que pasará y no pasará. Porque el cuerpo que ya estamos empezando a ver, oculto en la penumbra, va dejando entrever su trabajo.

Trabajo y cuerpo velados, cerrados sobre sí mismos, como una bovina de formas que aún no se despliega. El ala de un cisne que reserva el blancor de su envergadura, como la cinta enrollada en un antiguo proyector, en cuyo interior permanecen todas las imágenes estáticas que sin movimiento aún no son película.

Así. Al borde de la luz, el fotograma no velado, la danza por mover. En la sombra, ni siquiera un no, dejando, pobrecitas, a esas expectativas nuestras espachurradas, sin alimento.

El trabajo de Daniel

Por las veces que hemos visto a Daniel Morales en sus numerosos trabajos (hago piezas como churros, suele bromear él mismo), sabemos de su forma de abarcar el espacio. De su entrega y sensibilidad en todos los matices que componen su trabajo corporal.

Sabemos del modo en que su cuerpo ha superado sus inicios en las danzas urbanas. Un olvido que produce el vacío perfecto que esa memoria corporal puede habitar. Ya no como un recuerdo de lo que fue, sino como presencia madurada.

Sabemos o creemos saber mucho. Y esta vez, durante un tiempo, el ruido de nuestras expectativas frustradas, sin tener a qué atenerse, nos hace querer acallarlas para no perder detalle. Porque poco sabemos de lo que está pasando en escena.

Sí, reconocemos al artista, sus cadencias, cierto estilo, pero en todo hay un algo nuevo difícil de asir, más con palabras, pero ahí está, si no lo atiendes se te escapa, míralo.

Algo que dice que todo está hecho desde una nueva primera vez, por la que más nos vale olvidar lo que creemos estar reconociendo, sacárnoslo de encima, de dentro, hacer hueco para que quepa lo que Daniel Morales está haciendo ocurrir, para ocurrir con él.

Una arquitectura soñada

Montaje a partir de Instant Cities – Jhoana Mayer

Instant Cities es un proyecto arquitectónico de Archigram, grupo londinense de arquitectura de vanguardia de la década de los 60, firmado por Jhoana Mayer. Una arquitectura futurista, antifuncional, soñada, realizada con la reivindicación del proyecto como fin, sin la necesidad de ser construida.

Por tanto, arquitectura proyectada como ensayo, como idea, como discurso, como posicionamiento.

Ciudades instantáneas realizadas con materiales reciclables, colgadas de globos y dirigibles, capaces de llevar cubiertas y crear espacios efímeros y móviles, con los que poder llevar el centro de toda la cultura (con teatros, carteles luminosos, pantallas y escenarios para conciertos) a entornos rurales o periféricos que no participan de lo que ocurre en los grandes centros, convirtiéndolos momentáneamente en esos centros.

Una arquitectura soñada, presentada a través de imágenes. Y los cimientos asegurados sobre el terreno de las ideas para abrir la posibilidad a pensar las ciudades del futuro.

El vuelo

Derek Pedrós

Aunque muy pocas personas hayamos usado un globo aerostático, todas sabemos que el calor los hace subir y al enfriarse el aire, bajan. Y que cuando esto ya no funciona, la única manera de mantenerse arriba es soltando lastre.

Aunque alguien crea que produce obras como churros, llamar a la última de ellas El vuelo es significativo. Y probablemente en el caso de Daniel Morales, hasta cierto punto inconsciente.

El viaje a la oscuridad, la permanencia en la penumbra, los límites del propio cuerpo, el descenso a ciertos infiernos personales – que se hacen universales – a través de túneles de sonidos y atmósferas densas contra las que el cuerpo ha de luchar casi literalmente para desembarazarse de ellas y alcanzar unos momentos de apertura y esplendor…

Todo esto no deja de estar presente en esta propuesta. Ahora bien, lo está por una cuestión de coherencia. Está como un eco, al haber estado en distintas formas en muchos de los trabajos anteriores de este artista. Pero en El vuelo no hay una metáfora sobre un ave fénix que renace de nada. No hay una narrativa de un pájaro que avandona el nido. Ni nada que progrese y se transforme para que, como espectadores satisfechos, seamos testigos de la representación de un cambio. No.

Derek Pedrós

Esta pieza ni inicia un viaje, ni nos narra el esfuerzo al estar de vuelta. Esta pieza pasa sobre nuestras cabezas. Porque como en un globo aerostático o un castillo ambulante de Miyazaki, Dani Morales está a los mandos de una maquinaria compleja, pero en la que tal vez por vez primera sabe manejar todos sus componenetes con facilidad. Y con placer, por tanto.

Una pieza que conduce, que sabe expandir y hacer crecer, pero que no se le va de las manos. Que no le queda grande, que no puede aplastarle, pues está hecha a su medida. Y como piloto de ese globo, puede hacerla inmensa, llevando nuestra mirada al conjunto del espacio escénico, o volverla latente y acercarla casi a nuestra piel, pese a la distancia de seguridad.

Porque El vuelo es un trabajo que se eleva gracias a que Daniel ha tirado lastre, comprometido con lo que su trabajo es, y sin prisa por eso a lo que esta maquinaria que está descubriendo pueda llevarle.

Sin embargo, sentimos que viajando de este modo, ese será un lugar que muchos querremos verle habitar y visitar con él.

Créditos

  • La maquinaria de El vuelo que Daniel Morales nos presentó se amoldaba a su cuerpo, y desde su presencia y movilidad, los tiempos y los espacios se dilataban o condensaban. Su intuición funcionó de nuevo para componer un espacio sonoro sobre el que funcionar. Y definitivamente la iluminación y el trabajo desde la técnica de Alfredo Díez Umpierrez sumaron densidad al aire y elevación al conjunto.
  • Las maravillosas imágenes de esta nota son cortesía de Derek Pedrós.
  • El boceto arquitectónico es un collage propio, para reconstruir a partir de dos recortes una de tantas versiones de Instant Cities, de Jhoana Mayer.
Compartir →
Facebook
Twitter
WhatsApp
Telegram
Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *