En casa de Fajardo

Puedes hacer click aquí y escuchar ‘En Casa’ desde Bandcamp mientras lees, o leer y escucharlo luego.

Mientras un montón de gente pelea cada día para sacarnos de esta, otro montón de gente sin salir, para salir de esta. Cuerpos distantes unidos en las mismas distancias de cada intimidad. Avalancha de tutoriales y contenidos para llenar el vacío y el desasosiego. Mil series y pelis. La tele, la radio, las videollamadas. El aplauso cada tarde. Información. Mentiras viralizadas sobre el virus. Tantas cosas con las que distraernos para no notar la soledad, para no notarnos. Y de ese alud de cosas que nos traga estos días raros, encontrar ésta: una serie de grabaciones compartidas en forma de disco inusual por el amigo José Antonio Fajardo en Bandcamp. Ésta, que como pocas, como ninguna otra, no hace sentir el tiempo como una carga, como un vacío que rellenar de algo para no atender su abismo, sino que acompaña y reconforta. Así de simple y así de total. Nos sorprende porque esto es lo más sencillo, pero se ha vuelto escaso. Que algo acompañe y reconforte. Algo que no está hecho “para la cuarentena” o “por la cuarentena”. Algo que está hecho “en la cuarentena”. Y por eso se hace posible estar en la luz mientras suena, y ver cómo cambia a cada momento, siempre cada día nunca igual. Y tal vez por eso al sonar da cabida a una presencia en casa, trayendo a casa la habitabilidad de otros momentos. Da la posiblidad para que la escucha se haga también presente, y de repente estar viendo las nubes pasar, cómo la cortina se mueve como el agua del recuerdo. Tal vez sea algo de eso todo lo que puede el sonido. El reflejo en la cortina líquda me dice que en tantas ocasiones se hicieron grabaciones así. Me dice que Damon Albarn sacó una vez un disco de grabaciones hechas en habitaciones de hotel, durante toda una gira mundial de Blur. Y sigo lo que me dice hasta llevarme a aquel primer disco de CocoRosie. Y me veo y no me reconozco. Aquel que ya no soy yo, escuchando aquel disco por primera vez, ese personaje que ya había prestado atención a otros sonidos, como para recordar a su vez aquellas grabaciones caseras en discos de Sebadoh, o aquellas otras músicas, las que se hablaban en la distancia, grabadas a trozos en cintas enviadas por correo, antes de internet, para convertirse luego en discos de Pavement, o de tantos otros. Sonidos lejanos y cercanos, pese a la distancia, en cuyos espacios entre notas se colaba el rumor de un hábitat. Recordando incluso grabaciones similares, tan lejanas, tan cercanas como las de Soviet Love. Y difuminado todo, a la vuelta del recuerdo, encuentro que me he quedado solo. Que el disco ha dejado de sonar, y ya solamente mi ventana, y de nuevo este día que no ha sido muy bueno, pero aún así, salvado con un poco de compañía, nada más y nada menos, habitando otro espacio grabado, dejándome habitar por él. Ahora, para compartir esto, vuelvo a ponerlo y me digo que voy a escribir mientras lo escucho, mientras ocurre de nuevo. Y escribiendo sobre el sonido vuelvo a pensar que tal vez esto sea lo que el sonido puede, lo irreductible. Y que ya no importa que hayan usado a Daniel Johnston para anunciar un Iphone. O que hayan tenido tiempo de apropiarse de lo que la gente hace espontáneamente en sus balcones esta cuarentena para convertirlo en anuncios de bancos o de Ikea. Hay algo en lo pequeño, en lo íntimo, en lo irreductible, que es tan sagrado como resbaladizo para las garras de la espectacularización y la mercadería, y directamente se escurre entre sus dedos a cada intento de agarrarlo. Y mientras suena vuelvo a pensar al menos que podrán confinarnos, instalarnos 5G, hacer con nosotras lo que quieran. Pero habrá algo de lo que hacemos y somos que permanecerá siempre irreductible, que nunca nos podrán quitar. Y entonces el disco se vuelve a acabar. La ventana. Las nubes que pasan. La cortina. Y la luz de cada momento que se tiñe ya de noche, siempre cada día nunca igual.

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