Lo que miras, ahora: Ser devenir, de Lara Brown

Estas notas atestiguan lo que pasa en el LEAL.LAV, Laboratorio de Artes en Vivo del Teatro Leal de La Laguna, pero son estrechas para profundizar. Por suerte, pasan dos cosas: El laboratorio encadena propuestas de alta trascendencia en sus planteamientos y prácticas. Y compartir ese análisis es un hábito que profundiza. Ocurre igual con la segunda mini-residencia artística 333’333, con la que Lara Brown ha investigado Ser devenir, trabajo con una generosa sesión abierta el pasado 26 de junio.

¿Qué ocurriría si escuchas una canción un 800% más lenta? ¿O si leyeras esto muy despacio? No, más despacio. Ocupándote de recorrer todas sus letras. Reparando en cada capricho de la tinta sobre el papel, en los píxeles de la pantalla que miras ahora. Lo que miras. Ahora. Eso pasaría.

En una residencia intensa, Lara Brown, envidiablemente comprometida con su propuesta, ha tenido el valor de sumergirse con paciencia e insistente parsimonia en un proceso creativo denso y rico. Una entidad viva de la que sabía que su única exigencia era entregarse completamente desnuda, despojada de ideas preconcebidas. Enfrentar así cualquier miedo y como un buzo, un astronauta o un intronauta, soltar, dejarse hacer.

Sí, todo esto suena a trance, a rito iniciático, a viaje al otro lado, aún sin público. Porque eso que luego mostró, donde entra, es un contínuo. Pero cualquier exploradora sabe que necesita un hilo de Ariadna para volver. Y así pasaron diez días, con una artista llegando a lugares que apuntar como mapa a seguir al hacerlo ante nosotros.

Al llegar, recorremos el espacio libremente. Dos lugares con textos: Listas y esquemas (de lenguaje más críptico y privado). Una correspondencia con dibujos (de Héctor Jiménez, artista y amigo de Lara, que desde Guadalajara, México, ha sostenido el otro lado de su hilo). Todo ello recogido en un fanzine. En tercer lugar, el cuerpo de Lara. Nos detenemos al notar que ha estado activa en todo momento, que se revela como objeto de nuestra mirada. La suya, sumida en su piel, escudriña lunares y poros. Y el juego de miradas se abre. A las nuestras se suma la que nos dirige cuando vemos que su observación pasa de los ojos a un lugar interno. Así damos forma al cáliz de una magia del que bebe.

Lo que Lara Brown hace es dionisíaco. Por eso es erótico. Por eso nos coloca. En todos los sentidos. Por eso es necesario. No de manera utilitaria, sino de esa otra para la que existieron chamanes y sacerdotisas. Para que un cuerpo acceda a una entidad mayor, que es ahora y siempre, y agarrando su hilo lo veamos ser otro, lo veamos volver. Y que hacerlo juntos traiga sabiduría.

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