Milk. Sean Penn a las órdenes de Gus Van Sant

No será la mejor película que puedas ver, pero Unknown Pleasures no se interesa tanto por lo mejor como por señalar algunos placeres que, por desconocidos, aún no lo son. Y en estas épocas en que confieso que casi solo veo series, donde el cine parece refugiarse a veces, encontrar una película que satisfaga tantas cosas propias del género y necesarias para quien mira es de agradecer. Milk es un biopic que trama libremente la historia de Harvey Milk, primera persona gay en ocupar un cargo político en los EEUU de la época, un país crispado por la resaca de Vietnam, atemorizado y replegado en su ostracismo puritano para pasar los años de guerra fría con un optimismo forzado basado en el consumo del american way of life y la desconfianza absoluta a lo otro, cualquier divergencia que pudiese cuestionar la moral, que empezaba a ser abiertamente sinónimo de la economía.

Milk, de Gus Van Sant

Sus dos horas de metraje dan para que se construya desde lo personal a lo político (esas cosas que son lo mismo, que este caso lo ejemplifica tan bien), sin sentimentalismos por un lado ni recurrencia a una épica barata y hollywoodiense por el otro. Un tiempo que nos permite conocer al personaje y sus alrededores, sus aliados y sus contextos, tanto el libertario como el represor, en la inestabilidad de lo cotidiano. La fotografía y el lenguaje visual ayudan a componer todo esto. Elementos con el sello claro del estilo de Gus Van Sant, su mirada certera y ambigua, que juega a insertar fragmentos de imágenes de archivo dentro de la ficción. Esto ocurre de manera evidente, sin trucos. Notamos el cambio en el grano de las imágenes, pasando del documento a la ficción sin transiciones formales. No está maquillado. Recreación y documento visual conviven en su diferencia, posibilitando un relato verosímil, sin la ambición de hacerlo pasar por verdad, y que es necesario completar con nuestra mirada, al revés de lo que ocurre cuando solo desde la ficción se nos muestra un “esto fue así”, que además de excluirnos de la construcción nos hace sentir que lo que vemos tiene más de invención que de acercamiento fiel.

Pero no diré mucho más. Solo que esas dos horas se pasan volando, porque los dramas sin dramatismos, las alegrías sin épica y la sensación de peligro o esperanza sin suspense ni músicas enfáticas hacen que queramos conocer más. Y ese es uno de los grandes resultados al que todo biopic debe apuntar.

También diré que la interpretación nada forzada de un Sean Penn con pluma es un disfrute para el cual se intuye que el actor ha trabajado con tanto rigor como placer le debe haber dado. Y que aquí se habla de derechos sociales, de organización y perseverancia, del valor de lo colectivo, de lo minoritario, del miedo de lo mayoritario queriendo imponerse. Del programa político que Harvey Milk y su gente se proponía, donde la defensa de los derechos sexuales eran parte de una idea mayor, que imaginaba una sociedad mejor, con medidas para la educación infantil, el comercio, los cuidados a mayores. Un programa que se iba haciendo a sí mismo, dándose cuenta por el camino que iba dirigido a la clase trabajadora, a las mujeres, a las personas racializadas.

Y esto último nos puede dar pistas:

A grupos activistas que rechazan convertirse en un gueto excluyente (o a otros que no saben que lo pueden ser).

A esa nueva izquierda que tanto se nombra y que se rompe todo el rato, como la vieja.

A quienes vemos que solo hay una lucha, desde la ecología al feminismo, desde Marx a Paul B. Preciado.

Al modo en que la(s) derecha(s) argumentan y actúan hoy en día.

Como dice la peli que Harvey Milk decía, “yo estoy aquí para reclutaros”.

Hope.

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