Paloma Hurtado / DREI

El pasado jueves día 5 de marzo en la Sala de Cámara del Teatro Leal de La Laguna, tuvo lugar la tercera cita con Danza en Breve, el programa regular que a lo largo de 2020 seguirá trayéndonos cada mes propuestas esenciales de danza contemporánea y artes en vivo. Esenciales porque, a pesar de que sus orígenes, procedencias y estilos sean muy dispares, todas ellas guardan en común ser de pequeño formato, o bien adaptar su formato a las dimensiones y requerimientos de la Sala de Cámara del Teatro Leal, algo que no va en perjuicio de su calidad, sino que añade valor a lo que se plantea desde Danza en Breve, y es volver cotidiana una cercanía. Porque precísamente es esa una de las mayores virtudes de este espacio del Teatro Leal, el tener tan próximos los cuerpos de quienes están en escena, que sintamos sus propuestas como si estuviéramos dentro, formando parte de ellas (y es que, claro, ¿cómo no va a formar parte el público de aquello que va a ver?)

Hay un hilo conductor que hilvana cada propuesta de Danza en Breve, como diferentes cuentas que forman un mismo collar. Un hilo del que no se habla, pues hablamos de cada cuenta, de la propuesta de cada artista, como debe ser. Sin embargo, el público que ha venido llenando la sala en cada ocasión comienza a hacerse ideas acerca del conjunto que Danza en Breve va dibujando con el trazo de cada nuevo trabajo presentado.

En el caso de DREI, de Paloma Hurtado, ocurre algo muy similar. Su propuesta está formada a su vez por tres trabajos independientes: ääniä, Desert Rose y Mintaka, que hilados para ser presentados juntos, no se funden en una pieza unitaria. Más bien componen un tríptico bien delimitado. Tres partes muy bien diferenciadas y distinguidas entre sí. Pero en el interior de este tríptico ocurren cosas curiosas. Como si la pintura que formara las imágenes de cada parte se hubiera disuelto, y lejos de emborronarlo todo, se filtrara en las demás, tiñéndose mutuamente, manchándose por el tono de las demás, haciendo que esas imágenes se mezclen entre sí como cuerpos que se buscan con el sonido de la música. Y de ella debemos hablar.

La música de estas tres piezas de danza ha sido compuesta por el polifacético Samuel Aguilar. Al igual que los tres trabajos de Paloma, accedemos a tres composiciones sonoras independientes entre sí. Y tal vez podemos decir que estas músicas son igualmente independientes de lo que ocurre en escena, que podríamos escucharlas con gran disfrute más allá de DREI. Y esto no quiere decir que haya una incoherencia. Precísamente hay un rasgo muy distintivo con el que reconocer el valor de muchas obras, en este caso musicales, y es, como aquí, que se mantengan como piezas independientes a pesar de haber sido concebidas para formar parte de otro trabajo. Porque además, en su independencia, están marcadas por el lugar de donde proceden, el cuerpo de Paloma ha dejado una impronta en lo sonoro.

De este modo, podemos entender que la música de Samuel, compuesta desde un lugar muy próximo al de Paloma, es el elemento disolvente, que fuidifica las imágenes de cada parte del tríptico para relacionarlas. Y aunque eso puede ser verdad, no es toda la verdad. Para generar ese efecto disolvente y unificador, a la sonoridad general de DREI se suman las corporalidades y estéticas elegidas y encontradas. Pero también el hecho de que volver a DREI supone un retorno que la pareja de artistas hace sobre los materiales trabajados, lo que revisa y actualiza la composición establecida. También sobre las narrativas que el tríptico despliega. E incluso debemos tener en cuenta cómo se integran en la pieza los cambios en el contexto donde se ejecuta, lo que produce distintas lecturas posibles de esas narrativas. Y todos estos, todos, son elementos que podríamos denominar, blandos, por llamarlos de algún modo, como antes dijimos disolventes. Partes del trabajo que en su nueva ejecución en escena, cambian de estado e impregnan lo que tienen alrededor, ajenas a la división racional que ha llevado a colocar cada pieza en un hueco de ese tríptico. Así, al presentar DREI, tal como le ocurre al público, afectado por la temporalidad y las sensaciones de cada parte, esta lista de elementos que hemos llamado blandos, se extienden como acuarelas que manchan las piezas con las que conviven. Y aunque el tríptico siga bien delimitado, la enredadera de cada pieza se enrosca sobre los límites cruzando sus ramas con la de las otras dos.

ääniä es la primera de estas tres piezas que componen DREI. Un trabajo sobre Silencio, de John Cage del que salieran publicadas unas notas ya hace años por aquí:

https://lagenda.org/blog/unknown-pleasures

En la pieza, el texto de una de las conferencias del musico estadounidense es ejecutado por Samuel y Paloma, ambos en escena, sentados de espaldas al público, con un movimiento de metrónomo que les hace reproducir las palabras del autor de un modo riguroso musicalmente. Una artificiosidad que por contraste, nos hace llegar ese texto con una extraña naturalidad. La misma, quizá, que sentimos cuando más adelmante Samuel Aguilar hace suyas las palabras del músico, que nos hace dudar si lo que dice será un guión o bien un relato autobiográfico. Un trabajo medido y solemne, pero a la vez orgánico y cercano, en el que se hace todo el tiempo un gran trabajo de escucha, algo que se vuelve el centro de todo cuando la pareja se separa. Paloma con un trabajo de suelo y Samuel ante el teclado, ponen esa escucha sobre lo sutil en primer plano, cada cual en su instrumento.

Este inicio contrasta con el viaje que propone Desert Rose, muy bien cerrada por el colofón dulce que supone Mintaka. El cambio de lenguaje es evidente, y sobre un pulso rápido de notas que forman un bordón sonoro, Paloma se convierte en un cuerpo sin rostro que nos trasmite las visicitudes de un éxodo forzado, en el que la insistencia de la música y la obstinación del cuerpo producen esta vez que lo evidente consiga apelar fuertemente a la emoción.

Y no hablaremos de los 30 minutos de conversación y encuentro con el público que Danza en Breve propone al final de cada una de las piezas presentadas. Porque mucho de lo allí compartido con el buen número de personas que nos acompañaron viene a nutrir estas notas, pensando en cómo percibimos Desert Rose con la situación que vivimos en el Mediterráneo, pensando cómo los materiales de esa segunda y la tercera pieza pueden haber retroalimentado a la primera, en una unidad conseguida juntando tres piezas singulares en las que el común denominador fue siempre el encuentro creativo entre Samuel Aguilar y Paloma Hurtado. Algo que esperamos que siga dando frutos en adelante.

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