Paula Quintana / Las Alegrías

No se cuándo claudiqué, dejándome poseer por algo que, tal vez antes de mí necesitaba hablar de física cuántica y gravitación, sin tener yo idea de ello, y con la intención peregrina de usarlo para establecer un campo al que comparar lo que ha venido ocurriendo en cada nueva sesión de Danza en Breve, programa de artes del movimiento para públicos contemporáneos que una vez al mes nos cita en el Teatro Leal de La Laguna, al encuentro del trabajo de artistas que, además, conversan con el público al finalizar sus muestras.

Pero me ha pasado y es por algo. Y me digo que para que esta tendencia científica acabe, será mejor dejar que se agote por sí misma en lugar de reprimirla. Me pregunto si tal vez esta constancia evitable llega básicamente para darnos indicios de ciertas concomitancias. Planteamientos asimilables en cada una de las piezas que hemos venido disfrutando en este ciclo, a pesar de su autonomía dispar y lejana. Como si muchas de ellas compartieran un algo sistémico. Eso es, un ecosistema en el que se distinguen claramente, pero del que participan. O si a pesar de la singularidad de trabajos y artistas, existen planteamientos emparentados, sin que ésto tenga nada que ver con mis delirios cuánticos.

Sistema solar

Las Alegrías funciona así porque es así. Un sistema que gravita en torno a un centro. Una coreografía cósmica cuyo eje de rotación no es ni tan siquiera la propia Paula Quintana. Ese centro lo ocupa Las Alegrías: el trabajo, no la artista, su concepto y el modo en el que ha sido concebido. Como la propia Paula Quintana nos cuenta, lo que vemos desarrollarse se compone detalladamente en una superposición de capas independientes. Materiales y funcionamientos diversos ensamblados con meticulosidad, que podrían desmontarse. Y si realizáramos ese experimento, encontraríamos distintas unidades capaces de funcionar separadamente por sí mismas.

Paula Quintana en breve / Las Alegrías

cuerpo y gravedad

En primer lugar, para hacer esto más obvio, está todo su trabajo de cuerpo, en un tránsito que atraviesa estadios de distintas fisicalidades. Un camino hacia una elevación que, muy en líneas generales, transcurre con una paulatina apertura del propio cuerpo al espacio que lo rodea. También a los nuevos pequeños espacios internos que el cuerpo va abriendo y posibilitándose habitar, en la dinámica de esa apertura/exploración constante.

Nada de ello tendría sentido apartado de todo lo demás. Separamos para analizar. E imaginar su funcionamiento independiente para que podamos seguir imaginando lo que veníamos diciendo. Algo que Paula podría ejecutar y entrenar en una sala vacía. Lejos del influjo del resto de elementos (incluyendo nuestras miradas). Repasar así sus fases y dinámicas, conectando incluso con las emociones que el propio movimiento genera por sí mismo.

espacio interestelar

Por otro lado está e gran grupo que componen espacio escénico, incluyendo la iluminación y esa gran roca negra. Un gran meteorito cuya presencia se relativiza, hasta hacerse invisible o imperceptible, a pesar de (o gracias a) su lento movimiento ascendente.

La dilatación de este ascenso es la misma que la de la iluminación, aparentemente sencilla. Pero sus cambios paulatinos, además de variar el carácter de los volúmenes de los cuerpos en movimiento (el de la bailarina y el de la roca) crean la ensoñación de nuestra mirada.

Así descubrimos a ratos que el meteorito ya no está donde lo dejamos. Que nos hemos perdido parte de su recorrido. Que mientras, el otro cuerpo, el humano, ha abandonado el suelo, ya en cuclillas, explorando las posibilidades de esa nueva cuadrupedia.

Porque hablamos de capas. Y no es que no estemos atendiendo al conjunto. Todo lo contrario. Nos estamos dejando atender. Por eso, al igual que viajamos con el conjunto, atendemos igualmente a algo que nos llama la atención en otro de los estratos. Y nos movemos a él con curiosidad, soltando todo lo demás para recuperarlo luego, renovado. Y otro de ellos es el sonido.

ondas

En Las Alegrías, Tahíche Díaz trabajó el meteorito y CUBE su diseño lumínico. Por su parte, Óscar Villegas ha sido el músico responsable de su sonoridad experiencial. Puede que de un modo similar al que comentamos sobre la evolución que Paula Quintana hace en su trabajo de cuerpo. Pero obviamente, con ésto no estamos queriendo decir que música y movimiento se hayan coordinado o vayan al unísono.

Cohabitan, compartiendo un mismo todo. Así el diseño sonoro se mueve desde el drone inicial, coherente con un comienzo más oscuro del conjunto, capaz de sentar al menos la base inicial de que lo que estamos comenzando a ver se posiciona para servir a la contemplación.

Y es desde ahí que de manera progresiva, o abruptamente, a veces chirriando o volviendo al silencio, el sonido coquetea con volverse música. Incluso canción, que asoma para romperse, reinvadida del ruidismo inicial, o escapando de él para entrar en secciones más rítmicas.

Y de nuevo, como la propia Paula Quintana nos contaba en un encuentro final más que enriquecedor, cada una de estas capas son obras independientes.

Ya dijimos que la artista puede recorrer por sí sola su dinámica de movimiento. Igualmente podríamos escuchar la banda sonora de la pieza en unos auriculares, ajenos a todo lo demás.

Del mismo modo, el espacio, sin Paula en él, sino con la lentísima elevación del meteorito, mientras la luz cambia, podría ser perfectamente una instalación expuesta en un museo.

Porque lo que junto funciona como capas que giran en torno a la idea profunda de Las Alegrías, por separado funciona como una serie de obras derivadas. Independientes. Nacidas de un principio común.

De este modo, Roy Galán es autor de un texto homónimo, sin lugar en la presentación. Tampoco es un texto que le de explicación o psinopsis, sino un relato tan personal como el resto de capas que comentamos.

Elevaciones

Hay en Las Alegrías una alegoría de la elevación que tiempo atrás podríamos haber vinculado al amor. Pero un concepto como ése, tan resbaladizo como resignificado, hubiera hecho que este bizcocho, efectivamente, no se levantara. Masculino y singular, el concepto ha sido víctima de tantas violencias, apropiaciones y tergiversaciones que ha perdido la levadura, conservándose ésta en lo femenino plural.

Las levaduras de Las Alegrías no apuntan a nada único y universal. Esto no es factible. Y por eso lo roza, lo atisba, lo acaricia. Y decir “las alegrías” nos remite no solo a una emoción, sino justo a capas de emociones y vivencias.

Revelaciones y pensamientos que se han sucedido en nuestras pequeñas vidas, en capas que sabemos que también son otras, únicas e intransferibles en cada cuerpo, y que por eso, al ser también colectivas, son lo más parecido a lo universal que concebimos.

Hay también una sensación de algo que transcurre al revés, como si acabara en su comienzo y comenzara con su final.

Como si fuéramos detectives escénicos que quieren ver el vídeo de la pieza al revés, pensando tal vez encontrar otro orden en el sentido inverso.

Hay microhistorias enlazadas entre los vacíos que el trabajo ofrece, para que la mirada pueda tejer sin atar sentidos efímeros a lo que (le) pasa.

Paula Quintana en breve / Las Alegrías

Sin cubo blanco: Caldo primigenio / Placenta / Placentero

Antes de marcharnos, es preciso decir que esta versión de la pieza es una adaptación para espacios no convencionales. Que en una sala de teatro tradicional funciona igual, salvo por la distancia mayor que el meteorito recorre.

Además, lo hace sobre un fondo negro, no blanco. Y en esa otra versión, el suelo es también una pequeña piscina. Agua sobre la que Paula realiza su trabajo. Un elemento que además de sumarse a la poética general, poetiza aún más el conjunto. Gracias a la iluminación, se convierte en un espejo líquido para el reflejo del cuerpo de la artista.

Por eso lo de caldo primigenio, placenta y placentero. Porque hay ocasiones en las que algo se ha trabajado con tanta claridad que persiste en su ausencia. Así lo expresó el público, consciente de que cada interpretación era propia, pero empatizando al notar la evidencia compartida de haber percibido a un ser que nace en el agua/placenta.

Bacteria o anfibio, que descubre su cuerpo y lo ensancha, para abrir con su movimiento la duda y el juego de su elevación. Un movimiento hacia arriba, pese a la gravedad o gracias a ella.

Una elevación que es compartida por todas las capas que forman parte de esta pieza, incluyendo cada mirada.

Porque hay alegría en la ligereza, y al revés. Porque será la alegría lo que nos haga elevarnos, y también porque nos elevamos por alegría, para buscarla, producirla o contagiarla.

Coda

Hubo tiempo en nuestra charla final para hablar de que Paula Quintana acaba de preestrenar La Carne, segunda parte de una trilogía no planeada de la que Las Alegrías es comienzo.

Abrirse a explorar este trabajo y hacerlo de este modo le fue diciendo a Paula que había más que investigar en este camino, que versa sobre la elevación de los cuerpos.

Un trabajo del que solo sabemos que la creadora se sigue rodeando de un equipo de artistas para seguir funcionando en este sistema de obras derivadas / capas.

Equipo en el que Javier Cuevas, como acompañante y dramaturgista se ha vuelto primordial, en un trabajo del que Paula solo dice algo así como:

si esto es contemplativo, lo nuevo es todo lo contrario… ¡Ay, mi madre! Pero bueno, ya lo verán…

Y claro que ya lo veremos, en su estreno en el próximo FAM, Festival de las Artes del Movimiento, celebrado en el Auditorio de Tenerife. Allí iremos con curiosidad y ganas, pero sin expectativas. Porque la luna tiene un lado oscuro que no vemos, pero eso mismo le hace ser ese cuerpo celeste.

Nota para gente rara:

Este finde, mientras escribía esta nota, escuché esta conferencia de Jose Luís Fernández Barbón. Y ya está.

Compartir →
Facebook
Twitter
WhatsApp
Telegram
Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *