Roser López Espinosa / Hand to hand

Para escribir sobre Hand to hand, que Roser López Espinosa nos trajo el pasado jueves 1 de octubre a Danza en Breve, en la Sala de Cámara del Teatro Leal de La Laguna, busqué en YouTube esa icónica escena de Candilejas, dirgida por Charles Chaplin y Robert Aldrich.

En ella, el cómico y Buster Keaton adaptan un número de clown donde dan un concierto lleno de desperfectos que termina con los instrumentos rotos. Como la espalda de Chaplin al caer del escenario. Sin embargo, al hacer la búsqueda me crucé con otro vídeo.

Se trata de un montaje de dos parodias de boxeo hechas por cada uno de estos grandes cómicos por separado. Pero… ¿Por qué unos referentes tan lejanos, no solo en el tiempo, sino en el medio, e incluso en el género?

Por un lado, porque a la salida del teatro noté que me llevé algo que se activa cuando otra cosa me recuerda el mundo de la gran comedia. Esa que no tiene un club, sino una vida entera de dedicación. Eso que me hace devolver la mirada otra vez a la comedia clásica.

Y por otro lado, porque estos referentes llegaron también a mis oídos a través de otras personas. No era una asociación caprichosa.

También porque esta vez en el encuentro final con el público, visualizamos vídeos referenciales para la creación de la pieza, comentados por la propia Roser López.

Finalmente, porque en este caso el género es quizás el factor menos distante con respecto a la pieza de los tres que hemos mencionado.

Porque el humor en Hand to hand fue una irrupción tan inesperada como agradable de encontrar. Y como dijimos en la charla final, “se trata de una irrupción, de algo que aparece y que se ha dejado estar en el trabajo, con sus potencias, porque hacer una pieza de humor es otra cosa. Dedicarse al humor puede ser una tragedia”.

Referentes razonables

a) Esquemas visuales

collage propio de posiciones varias

Desde los bailes de salón a las instrucciones para ponerse un chaleco salvavidas, siempre me han flipado los métodos esquemáticos de representación corporal. Sobre todo si se refieren a disciplinas físicas, cuya estricta claridad se refleja en estas imágenes de esgrima, ballet o artes marciales. Algo que las acerca o las hace compartir un territorio.

Referentes razonables

b) una escena, dos intermedios

los intermedios

Cuando conocí la versión de La consagración de la primavera que hiciera en su momento Xavier Le Roy, (donde el performer imita los movimientos del director de orquesta a cargo de la obra de Stravinsky, mientras cada persona del público está sentada sobre un altavoz por el que suenan por separado cada uno de los instrumentos de la orquesta) me pareció una genialidad por muchos motivos. Uno de ellos, la performatividad expandida, por decirlo de algún modo: La forma en la que la presentación es danza sin dejar de ser una audición. El modo en el que un experimento sonoro se hace parte de la acción escénica, y al revés, el de performativizar una insatalción sonora.

Este trabajo me lo descubrió en su momento la compañera y amiga Masu Fajardo, bailarina, coreógrafa y programadora, mucho tiempo antes de que yo mismo formara parte de su proceso de trabajo Hechos de movimiento. Para resumirlo brevemente, allí, junto a otras dos intérpretes, trabajamos a partir de múltiples principios y herramientas, siendo una de las fundamentales la imitación, la transferencia, la copia. No solo de materiales de cuerpo, sino incluso de sus pautas de ejecución, físicas e incluso verbales. La insistencia sobre este proceso llevó a Masu a montar junto a Gabriela Alonzo, bailarina de ballet, la pieza Skatchaikowsky, literalmente gestada a partir del cruce producido al bailar ska sobre El lago de los cisnes.

la escena

Por último, pero no menos importante, es preciso nombrar Wakefield Poole: Visiones y revisiones, de Celeste González, donde la artista grancanaria se basa en la figura de este bailarín (uno de los primeros estadounidenses en bailar en los grandes ballets rusos) y en sus posteriores producciones como director de cine porno gay, estableciendo múltiples conexiones y narratividades con que interconectar estéticamente la danza clásica con sus películas, dirigiéndose al público mientras controla la proyección de imágenes del ballet y la película.

Una conferencia danzada, o en una pieza de danza donde la bailarina, al moverse entre esas líneas cruzadas, consigue hablarnos también de sí misma.

Entrecruzamientos

Roser aprovecha el peso de lo conceptual y lo hace caer al suelo con la parábola de una sonrisa.

Recorrer estos trabajos muestra múltiples puntos en común. Del asombro a la risa, o en la fidelidad de cada obra a un concepto. Pero ocurre que esos comunes están en los lugares que no sabemos cómo denominar. Ahí.

Y me ocurrió que antes de ver el trabajo de Roser López creí lo conceptual tendría más peso que el resto. Pero no. Con una llave de judo, Roser aprovecha el peso de lo conceptual y lo hace caer al suelo con la parábola de una sonrisa.

Espacio ritual

Un tatami es un espacio más sagrado que si lo fuera. Quiero decir: no necesita ser sagrado para ser tan respetado como es. En «occidente», hemos tirado por la ventana el respeto y la sacralización hacia los espacios escénicos. Lo hemos hecho un tanto irreflexivamente. En un arranque liberador y rebelde, como una actitud punk en contra del academicismo enconrsetado. Pero por ahí se nos han colado las lógicas del capital, con su seductor traje de exponencial conversión en industria de lo que había venido siendo oficio. Lástima haber caído con un truco tan barato.

Algo de ese respeto sobrevive en los espacios destinados a la competición deportiva. Ahí la presencia es tan cuidada como lo ha de ser la del artista en su lugar. En el suelo de gimnasia deportiva, o justo en el tatami de las artes marciales.

Espacios altamente ritualizados, como la escena para el ballet. Y esa es la primera y gran conjunción que vemos en Hand to hand: un espacio diáfano, donde el linóleo de danza se convierte en tatami de judo.

En su presentación, los dos cuerpos que como gladiadores van a enfrentarse ante nuestra mirada, ejecutan rigurosamente el ritual, ajustándose el kimono con sus cinturones. Una parsimonia que se rompe con el comienzo del combate sobre el sonido de un combate real, hasta que sutilmente las distorsiones comienzan a darse.

Del cruce entre lo real, lo representado y lo que verdaderamente ocurre ante nuestros ojos (todo en Hand to hand participa de esta tríada), comprendemos que además de una lucha danzada, que además de una coreografía en combate, hay hilos de una ficción, una historia muda, como las de Keaton y Chaplin, que nos lanza cabos para seguirla.

Una lucha sin fin

Y es que del combate que presenciamos, lo único que no tiene correlato en la realidad es su carácter mixto. Aún no hemos evolucionado lo suficiente como para romper con la barrera del género en los deportes. Pero a través de esa pequeña grieta entrevemos que quizá, precísamente ahí, (cómo me contradigo) es donde está el mayor correlato entre lo representado en escena y la realidad cotidiana.

Un enfrentamiento coreografiado con ritual, estética y formas de judo, donde poco a poco van aflorando situaciones que coquetean con el absurdo, sacando nuestra sonrisa.

Una lucha sin tregua, pero donde las reglas son transgredidas por quien lleva las de perder. O al contrario, por quien está ganando, para evitar ganar, y así poder seguir luchando.

Seguir luchando, y en el empeño por derribar y protegerse del otro, encontrar el peso auténtico de su cuerpo, la rotundidad de un deseo compartido con apariencia de contrario, de contrincante.

En Hand to hand Roser López va metiéndose al público en el bolsillo con el desarrollo de estas lógicas. Tanto, que olvidamos aquellas pequeñas distorsiones iniciales, no exentas de explosiones poéticas de posibilidades (al no estar exclusivamente presenciando un combate, una coreografía o una historia de ficción).

Y ahora sonreímos con la alegría en la cara de unos contrincantes aún revolcándose en un abrazo prolongado sobre el suelo, aún compitiendo, pero con una sonrisa, mezcla de placer y responsabilidad.

Una sonrisa que ha de estar ahí, aligerando el trabajo, como tantas veces ha tratado de aligerarlo la sonrisa de la bailarina que interpreta al cisne negro al ejecutar los fatídicos 32 giros en El lago de los cisnes.

Y es que, a estas alturas, las referencias deportivas son cosa del pasado. Y sudando todavía en su lucha de yudokas, ambos cuerpos se sumergen en el vals que suena a todo volúmen.

Así encaran el gran final de esta versión contemporánea de Sigfido y Odette, enérgica, física, sensual, conflictiva, peleona y cómica, jugando con los límites de géneros y estéticas, jugando también con el riesgo y el límite del ridículo, para conseguir que nos marchemos con la sonrisa puesta, tras haber visto de un modo antes tal vez impensable un trabajo coreográfico riguroso sobre una nueva versión de lo que precedía y sobrevive a Odette y Sigfrido, y al público, cómo no:

Nada más y nada menos que las pequeñas batallas que la energía del amor libera. Ésas que construyen nuevas realidades. Ésas que afectan al otro cuerpo, y le hacen perder el equilibrio. Ésas en las que estamos reparando constantemente, poniendo el cuerpo a disposición de recuperar ese eje común, reinventando equilibrios compartidos y provisionales sobre los que seguir dando la oportunidad a formas posibles de estar juntos.

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