The Act – Cuidado con el miedo

Vampiros. Hombres lobo. Muertos que salen de sus tumbas y vienen a por nosotros. Naves de otro planeta con monstruos inimaginables o epidemias terribles. Animales enormes cuyo gigantismo supone una amenaza de la irracionalidad de lo natural sobre nuestra tan confortable civilización. Desastres naturales que arrasan ciudades. Fantasmas horribles que se esconden en nuestras propias casas. Meteoritos o planetas que se acercan más y más y producirán nuestra extinción.

Estas son algunas de las formas más comunes en las que damos forma al miedo en cine, series, literatura, videojuegos. Un terror a lo otro, que se sobreviene y que es ante todo sobrenatural.

Durante la guerra fría, la invasión marciana era la metáfora para hablar de los soviéticos, y cómo la comodidad de la vida en el libre mercado se veía amenazada. Luego los malos fueron diréctamente los soviéticos, sin metáfora. Y luego, aún sigue siéndolo, el terror es todo aquello que suene a islámico.

Pero, ¿qué puede pasar cuando el terror somos nosotros mismos? Al menos, ¿cómo enfrentar un relato en el que el peligro, y sobre todo el terror está en la vida cotidiana, sin apariciones nocturnas, sin zombies, sin visiones ni monstruos, sino en nuestro vecindario, en la casa de al lado, al cruzar la acera, en el día a día, dentro de nuestras casas.

Arrebatadoras Patricia Arquette y Joey King

The Act no responderá ninguna de estas preguntas. Si eliges verla con detenimiento (mejor acceder a ella sin saber absolutamente nada) puede meterte de lleno en el mundo que crea, en su atmósfera de cotidianidad, con los problemas tremendos y a la vez comunes del día a día, a través de personajes que han tenido que sobrellevar sus vidas de la mejor manera para sacar adelante a sus familias y sus peculiaridades, incluyendo sus pequeños errores, su candor, sus deseos, sus pequeñas alegrías, sus grandes sueños y esperanzas, su manera de resistir en una sociedad que nos lo pone bien difícil, que nos juzga. Un cruce de miradas constante sobre el que debemos actuar de la mejor de las maneras, sabiendo que siempre estamos solos, encontrando a veces pequeños apoyos.

Es ahí, en la manera de vivir la crudeza del día a día tratando de no perder la sonrisa, de crecer, de encontrar relaciones que nos ayuden, donde de manera invisible se va produciendo silenciosamente lo invisible, lo que no conocemos de los demás. Un fluido negro que se expande bajo lo que creemos conocer y que puede desbordarlo. Y esa es la otredad terrible a la que sí temer, el más absoluto pánico a la luz del sol.

Después de Juego de Tronos, de grandes producciones, de versiones renovadas de antiguos monstruos, esta serie y su única temporada puede enroscar en el cuello una cinta de seda rosa de quien mira y hacer que cada capítulo le asfixie más que el anterior, que cada momento se convierta en una agonía de suspense edulcorado con gestos de superación. No hablaré de su ritmo, trenzado con diversos flashbacks que nos hace atar los cabos de diversas épocas. Tampoco de las interpretaciones tan bien conseguidas, que, junto a ese ritmo, consiguen que nos sumerjamos en la historia. Me quedo con el miedo. Con el miedo y la impotencia que he pasado en cada uno de sus capítulos, viendo lo que no podía creer de una historia tan perturbadora, basada en hechos reales y que me ha sacudido y asfixiado mucho más que todos los monstruos de pesadilla de la ficción. Porque hay cosas de las que no se puede despertar.

Compartir →
Facebook
Twitter
WhatsApp
Telegram
Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *